miércoles, 13 de junio de 2012

Cuando la diversidad se pone como excusa: relativismo cultural e identidades subalternas

Hoy, en plena posmodernidad, el discurso de la diversidad llena los centros culturales, las industrias culturales, el turismo cultural, la economía de la cultura, la cultura de empresa y todo aquello, en resumen, a lo que pueda endosársele -con mayor o menor esfuerzo- la palabra “cultura”, extendiéndose a campos como la publicidad y la mercadotecnia. Los discursos basados en la diversidad son ciertamente necesarios y van levantando los pilares de una sociedad que debe ser construida de forma conjunta, con la participación de todos y no de aquellos que se atribuyen su titularidad exclusiva basándose en un mito fundacional, una herencia, una esencia puesta sobre la mesa con fines excluyentes. La sociedad, en efecto, no deja jamás de construirse, y conlleva la búsqueda de legitimidad por parte de sectores invisibilizados e identidades ninguneadas, de alguna manera, de la cuota de participación que les corresponde. La posmodernidad, caracterizada por la ausencia y rechazo de verdades, de grandes relatos, desarrolla como nunca antes el relativismo cultural, y la diversidad se erige como bandera de las más múltiples –y contradictorias– posiciones: desde las identidades subalternas, por necesidad de ser reconocidas y contar con una voz propia que consiga hacerse presente, hasta el mercado, por la conveniencia de buscar nuevos nichos ofreciendo identidades a la carta basadas en una falsa diversidad que resulta, paradójicamente, homogeneizante.

Franz Boas, salvo prueba en contrario, fue el primero en hablar de culturas, en plural, con lo que ello implicó: rechazo del evolucionismo y de una ley universal que enmarcara y sistematizara el espíritu humano. Comprender una cultura demanda una comprensión profunda de la sociedad de la que es fruto para no caer en juicios a partir de ideas preconcebidas. Por otra parte, los funcionalistas nos hicieron ver los elementos culturales de una sociedad como mecanismos para garantizar el orden social, esto es, la continuidad de la sociedad tal y como se hallaba constituida. Es imposible, por lo tanto, disociar cultura de poder. De hecho, hablar de “nuestra cultura” implica siempre un proceso de construcción inequitativo y desigual: para llegar a la idea de “nuestra cultura”, ha habido que resaltar previamente ciertas características, ocultar otras borrando sus huellas y su memoria, delimitando así el “nosotros” -tarea que conlleva la de expulsar al “ellos”. Quien construye, lo sabemos, es quien tiene las herramientas para ello. El concepto que tenemos de nuestra cultura está, por ello, muy vinculado al de la clase hegemónica, tal como la concibió Gramsci. Defender la diversidad es, por ello, un primer paso para la lucha contra estas concepciones unilaterales.

Ahora bien: la defensa del relativismo cultural en este auge del discurso de la diversidad tiene sus límites. Estamos acostumbrados a escuchar ataques a la multiculturalidad desde posiciones que defienden a capa y espada la particularidad nacional o la tradición frente a la influencia cultural de la inmigración. Y es frecuente encontrarnos con narrativas mediáticas que toman elementos dispersos de diferentes culturas para ridiculizar, simplificar, condenar y, en cualquier caso, condicionar la visión del espectador sobre pueblos, costumbres, creencias y modos de vida diferentes, y nunca para ayudar a comprender. Esto provoca que todo cuestionamiento del relativismo cultural sea visto como algo retrógrado, conservador, etnocéntrico. Las respuestas habituales al porqué de costumbres, modos de vida y de relacionarse caen a menudo en tautologías del tipo “allá es así”, “es su cultura”, “es que ellos son de esa manera”, “es su forma de ver las cosas”… Implica que “nosotros” no podemos meternos, no somos quién para juzgar ni cuestionar. Estamos así desconociendo algo fundamental: no hay creencia ni modo de vida sin una realidad material. No existe producción cultural en un hipotético vacío social. Este tipo de respuestas implica una despreocupación absoluta por comprender al otro de manera integral, esto es, inserto en su realidad de forma que, por más que se adopte el tono más condescendiente posible, hay algo que el discurso de la diversidad no implica per se, y es una defensa de la multiculturalidad. No somos multiculturales por no juzgar al otro. No comprender al otro es no integrarlo ni pensar en él: es ignorarlo. Es hacer apología de la diferencia pero jamás de la convivencia. Me parece bien, parecen decir sus defensores, que ellos hagan lo que quieran. Bien mientras a nosotros no nos afecte, por supuesto. Y mejor si la pluralidad de identidades permite multiplicar la oferta de bienes y servicios que se pueden poner en circulación con expectativas mercantiles. Por eso la “defensa de la diversidad”, así, sin más, me da miedo.

También existen, es cierto, cuestionamientos al relativismo cultural que tienen por argumento de fondo la defensa de los derechos humanos ante atropellos de otras culturas, algo que juzgamos incompleto por dos razones íntimamente relacionadas. La primera es que se tiende a considerar los derechos humanos como conquistas occidentales en defensa de ciertos elementos fundamentales que vendrían al definir al Hombre según esa visión etnocéntrica, empleando por lo general argumentos que emanan de la cultura occidental; la segunda, que tiene la inclinación de focalizar la violación de los derechos humanos como lo característico de otras culturas, las no occidentales.

Un establecimiento de límites al relativismo, entonces, debería establecerse en relación con los conceptos de clase hegemónica y subalterna, de identidades oprimidas, conociendo en su integridad el contexto socio-histórico en el que se produce y reproduce una cultura, algo que implica considerar la función de las diversas instituciones culturales en el marco de las relaciones de poder. Y es algo menos frecuente, a la hora de pensar el relativismo cultural, ponerle límites desde esta perspectiva: fijar un mínimo común denominador que vaya más allá del discurso a menudo incompleto de los derechos humanos.

El uso del chador y del burka por parte de las mujeres musulmanas es quizá el ejemplo más difundido. Considerados señas de identidad nacional y religiosa frente a la occidentalización, el debate sobre su uso en los países occidentales se da entre quienes defienden una libertad religiosa -que implicaría su uso- y quienes defienden un estado laico o quienes defienden el derecho de la mujer. Conflicto de derechos, todos ellos fundamentales; conflicto agravado porque quienes dicen que los derechos de la mujer musulmana se ven vulnerados son occidentales. Callejón sin salida, por lo tanto, mientras la condición subalterna de la mujer no sea el eje central del debate: la clave está en la relación entre hegemonía y subalternidad. Permitir estas prácticas es sinónimo de ignorar al otro, de coexistir gracias a la completa indiferencia y de, por lo tanto, consentir la perpetuación de un sistema cultural que es, en verdad, el soporte ideológico necesario para un orden social basado en la explotación y la discriminación. La multiculturalidad, como práctica de intercambios constantes entre comunidades que comparten un espacio y dan diferentes sentidos a la vida, implica respetar las costumbres ajenas pero sobre todo. Como dijera Alain Touraine, fomentar el diálogo entre ellas, provocando cambios recíprocos en una evolución conjunta. Respetar no es ignorar, y menos aún dejar a su suerte a clases o grupos subalternos. La única práctica cultural existente, en casos como el anterior, no es susceptible de ser respetada: se trata de la explotación de las mujeres por los hombres, de los débiles por los más fuertes, de los pobres por los ricos; una práctica que, por naturalizada, pasa a ser parte de una cultura. Pero podemos encontrar ejemplos sin necesidad de ir tan lejos que nos permiten, además, redondear el concepto: las culturas populares en Argentina. El mero hecho de tratarse de prácticas y creencias de clases subalternas no impide que algunas de ellas, al mismo tiempo, generen relaciones de poder en el seno de la comunidad en las que se construyen. El pombero, propio de la cultura guaraní, ser antropomorfo, sigiloso, con propiedades mágicas, capaz de metamorfosearse en otros animales, es un elemento que, mediante el miedo, garantiza una disciplina. Disciplina que conlleva ofrendas para mantener contento al pombero pero, sobre todo, para mantener vivo su mito y su presencia; y sobre todo, conlleva el sometimiento de la mujer: adentrarse sola en la selva –esto es, sin la presencia de un hombre- puede implicar secuestros y embarazos. Al mismo tiempo, permite limpiar la imagen del hombre en casos de embarazos de las mujeres que quedan bajo su órbita familiar, embarazos fuera de las relaciones formales, atribuyendo la paternidad a este ser mitológico. El pombero, por lo tanto, no es sólo una creencia popular y, por lo tanto digna de salvaguardarse, respetarse y promoverse, sino un instrumento que permite la estabilidad social de acuerdo con una estructura de poder que se pretende perpetuar, en este caso -como en tantos otros-, basada en el sometimiento de la mujer.

Es consecuencia inmediata de las hibridaciones culturales, de los flujos migratorios y de los intentos hegemónicos por crear falsas identidades, valorizar la diversidad, defender la riqueza y legitimidad de todas las culturas así como su igualdad efectiva. Esta defensa de la diversidad, si se quiere auténtica y coherente, debe desembocar, por lo tanto, en medidas políticas, materiales y concretas, y no quedar en lo simbólico: los derechos culturales contemplan para su efectiva garantía una proactividad política, algo muy distinto al reconocimiento por medio de acciones culturales, muy a menudo voluntaristas, en el mejor de los casos, o que buscan congraciarse superficialmente con diversos sectores sin contemplar medidas de consecuencias reales. Todo esto se debe plasmar en medidas políticas tendentes a reconocer sus especificidades, preservar su existencia y las concepciones de vida que contienen, garantizar el derecho al acceso y participación en la vida cultural de las comunidades en las que se constituyen. Pero siempre y cuando nos mantengamos atentos a no generar o perpetuar hegemonías pensando que nos dedicamos a lo contrario.

Hablar de la defensa de la diversidad, sin más, sin realizar estas advertencias, no es garantía de nada. Es una declaración de intenciones que suele quedar vacía, por voluntarismo o por negocio. Propongo que no descuidemos, entonces, las palabras, y vayamos un paso más allá de aplaudir alegre y despreocupadamente lo diferente: interactuemos, hagamos dialogar las culturas de igual a igual, y estemos atentos a no cometer injusticias por desconocimiento del otro.

IGNACIO MOLANO nace en San Sebastián, País Vasco. Es abogado y gestor cultural. Está preparando Cuando hablan de cultura, un ensayo sobre políticas culturales. Actualmente reside en Buenos Aires, colabora con la Fundación Cultura Frontal, entre otras instituciones, y dicta cursos y seminarios sobre la materia.

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